martes, 24 de julio de 2012

llegamos a la granja



Como ya os dijimos en post anteriores, decidimos embarcarnos en un nuevo voluntariado, esta vez algo diferente a los anteriores. Escogimos una pequeña granja orgánica que a la vez funciona como bed&breakfast y que se encuentra en Tweed, un pueblecito a dos horas al este de Toronto. Bueno, en realidad tan siquiera está en Tweed, sino a 4 km de éste.


Iva y Ed son los dueños de nuestra casa adoptiva, una pareja en sus 60 y tantos que se cansó de Toronto y hace 15 años decidió dar un giro de 360º a su vida. Se compraron esta casa medio en ruinas y poquito a poquito la fueron remodelando ellos dos solitos (son unos manitas) hasta convertirla en el bed&breakfast y acogedor hogar que es hoy en día. Además, por si el cambio de la metrópoli al campo fuera poco, se reinventaron a sí mismos convirtiéndose en granjeros. En estos momentos tienen 20 cabras, 90 gallinas ponedoras y 60 gallinas para comer, pero hasta hace un año tenían también pavos y conejos y anteriormente habían criado vacas y hasta cerdos. Ed comienza a sufrir las consecuencias de muchos años de trabajo duro y se han visto obligados a bajar el ritmo.


Así, vivimos en una preciosa casa de madera que en la parte baja tiene el espacio privado de Ed e Iva y la cocina-comedor, mientras que la parte superior comprende los tres cuartos para huéspedes. Nosotros ocupamos una de esas habitaciones, decorada con toques románticos que recuerda a casas de campo de tiempos pasados, muy bien ambientada.



Los orígenes de esta pareja son checos. Ed ya nació en Canadá pero Iva vivió en la antigua Checoslovaquia hasta la ocupación rusa, cuando sus padres decidieron hacer las maletas y venir a buscarse la vida a Canadá. A pesar de llevar unos 45 años en este país, aún tiene muy presente sus raíces europeas y en lo que más se nota es en su cocina, la mayoría de las recetas son checas.

pimientos rellenos con dumplings
Iva siente auténtico amor por su trabajo, quiere a sus animales y sufre por ellos como si fueran sus hijos, adora su huerto y se lamenta a diario por la sequía que está acabando con horas dedicadas a su cuidado y cientos de dólares invertidos en semillas. Y, sobre todo, ama sus quesos, hechos manualmente por ella con su leche de cabra, que ordeña religiosamente dos veces al día de sus cuatro cabras lecheras.


Nuestra primera semana en la granja fue de aclimatación al entorno. No éramos los únicos voluntariados, también estaba Clement, un veinteañero francés que había venido a Canadá a cubrir algunos de los meses que la universidad en Francia te obliga a pasar en un país de habla inglesa haciendo algún programa de voluntariado. No podemos decir mucho de él porque en los 15 días que pasamos juntos a lo mejor cruzamos cuatro palabras. No era mal tío pero hablaba fatal el inglés y con nosotros creemos que le daba palo y solo intentaba chapurrearlo con Iva.


Relajados y aislados en el culo del mundo pero justo la tranquilidad que necesitábamos después de muchos meses sin pasar más de cuatro noches en el mismo lugar. A veces uno necesita experimentar la felicidad de meter la ropa interior en cajones y tener los pantalones y camisetas doblados y no aplastados en la mochila. ¡Desde El Calafate no habíamos podido sacar la ropa de nuestra casa móvil!!!! Ummm, puede que tengamos que quedarnos más de 15 días aquí.

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